La pesca en Casamance, Senegal: riqueza estuarina, crisis pesquera y áreas marinas protegidas
Casamance, con su amplia fachada atlántica y un río que se adentra casi 300 kilómetros tierra adentro, posee una de las redes hidrográficas más ricas de África Occidental. Aquí la pesca no es solo una actividad económica: es la base de la seguridad alimentaria local y estructura en profundidad la organización social de las comunidades costeras e insulares. Sin embargo, este edén pesquero muestra hoy señales preocupantes de agotamiento, que empujan a los actores locales a replantearse de raíz la gestión de estos recursos vitales.
Una doble dinámica: pesca costera y estuarina
La actividad pesquera en Casamance se reparte entre dos zonas bien diferenciadas, explotadas casi exclusivamente de forma artesanal por flotas de piraguas de madera.
La pesca marítima costera, practicada frente a la desembocadura desde grandes puertos como Kafountine o Cap Skirring, se dirige a especies pelágicas (sardinela, machuelo) y demersales (capitán, lenguado, mero blanco). La pesca estuarina y continental se desarrolla en el cauce principal del río y en el laberinto de bolongs, esos brazos de marea bordeados de manglar; allí la captura se compone de especies adaptadas a una salinidad cambiante — mújoles, carpa roja — junto a crustáceos y ostras.
Diola y lebou: la geografía humana de la pesca
Los diola, arroceros antes que pescadores
La pesca artesanal de subsistencia marca el ritmo de la vida diaria de los pueblos. Su herramienta emblemática es la atarraya, una red circular lastrada que se lanza a mano con un gesto preciso desde pequeñas piraguas movidas a remo o a vela. Pero esta práctica pertenece a una realidad cultural concreta: los diola, ampliamente mayoritarios en la Baja Casamance y de tradición animista y cristiana, no son en origen un pueblo de pescadores. Cazadores-recolectores en un pasado lejano, los diola se convirtieron sobre todo en notables arroceros: el dominio del cultivo del arroz en zona de manglar sigue siendo el corazón de su identidad. La pesca con atarraya es, por tanto, una actividad complementaria y de subsistencia, entrelazada con el ciclo agrícola, no una especialización marítima.
Los lebou y los grandes centros de desembarque
Los grandes centros pesqueros se apoyan en una realidad muy distinta. La pesca en el mar ha sido históricamente cosa de los lebou, un pueblo de la región de Dakar y de la costa norte, mayoritariamente musulmán — los lebou de la península de Cabo Verde son conocidos por haber formado, ya en el siglo XVIII, una de las primeras entidades políticas autónomas del país. Fueron ellos quienes, mediante sucesivas oleadas de asentamiento, desarrollaron los grandes centros de desembarque a lo largo de la costa casamancesa.
En lugares como Diogué, Kafountine o Cap Skirring, la actividad alcanza una escala casi industrial aunque siga siendo artesanal en sus medios. Las campañas de pesca pueden durar desde un solo día hasta varios meses: las tripulaciones siguen al pescado a lo largo de la costa de África Occidental, y no es raro que una piragua venda parte de su captura a la ida, hasta Conakry, antes de regresar cargada a su puerto de origen.
Una convivencia marcada por la historia
El encuentro de estos dos mundos — los arroceros diola y los pescadores llegados del norte — no estuvo exento de fricciones. La instalación de numerosos campamentos de pesca, a veces informales, y la creciente presión sobre los recursos y la tierra figuraron entre los múltiples factores de tensión que alimentaron el conflicto casamancés a partir de los años ochenta. Algunos de estos centros fueron destruidos y aquellos episodios costaron vidas. Recordar esta historia, sin simplificarla nunca ni reducirla a una única causa, permite entender que el paisaje pesquero actual de Casamance es también fruto de una geografía humana compleja, hecha de memorias sensibles.
El agotamiento de los recursos
Pese a esta abundancia histórica, los actores locales constatan una caída drástica de los rendimientos y una disminución alarmante del tamaño de las capturas. Esta crisis multifactorial nace de varias presiones simultáneas.
| Causa del agotamiento | Impacto en el ecosistema y en el recurso |
|---|---|
| La sobreexplotación industrial | Los arrastreros raspan los fondos marinos en alta mar, extraen volúmenes inmensos, destruyen los hábitats bentónicos y cortan la ruta migratoria de los peces hacia el estuario. |
| El mayor esfuerzo pesquero artesanal | Ante la caída de las capturas, los pescadores intensifican su esfuerzo: piraguas más grandes y redes de nailon de malla muy fina, que capturan a los juveniles antes de su reproducción. |
| La degradación del manglar | La destrucción de los mangles priva a los alevines de su criadero y rompe el ciclo reproductor de las especies estuarinas — un mecanismo detallado en nuestro dosier sobre el manglar y los bolongs. |
| El cambio climático | El descenso de las precipitaciones provoca una hipersalinización del río en la estación seca, que empuja a las especies de agua dulce río arriba y trastorna los equilibrios biológicos. |
El papel central de las mujeres transformadoras
Mientras los hombres salen al mar, son las mujeres quienes dominan sin discusión la cadena posterior a la captura. En los grandes puntos de desembarque como Kafountine o Cap Skirring, ellas son las protagonistas esenciales de la valorización del pescado y de su distribución.
El dominio de las técnicas de conservación
A falta de una cadena de frío desarrollada, la conservación de los excedentes descansa por completo en el saber hacer femenino. Mediante el ahumado, el secado, la fermentación y la salazón, elaboran el kéthiakh (pescado braseado y secado) o el gejj (pescado fermentado y secado), ingredientes básicos de la cocina senegalesa. Esta transformación abastece el interior del país, y buena parte de la producción alimenta durante meses a la subregión de África Occidental.
Autonomía económica y vulnerabilidad
Organizadas en Agrupaciones de Interés Económico (GIE), estas mujeres generan ingresos esenciales que se reinvierten directamente en la economía local: educación de los hijos, salud del hogar, cajas de ahorro. Pero se ven duramente golpeadas por la escasez del recurso: la caída de los desembarques encarece los precios de compra en la piragua y estrecha sus márgenes.
Sobre todo, el ahumado tradicional exige enormes cantidades de leña — a menudo procedente de la tala ilegal del manglar — y expone a las mujeres a graves enfermedades respiratorias. El paso a hornos mejorados (como los hornos FTT, que consumen menos leña y contaminan menos) es hoy un reto sanitario y ambiental de primer orden. Es aquí donde la economía pesquera se cruza directamente con la conservación del bosque.
Las Áreas Marinas Protegidas: la respuesta ecológica
Para invertir esta tendencia destructiva, la estrategia de conservación se orienta hacia una gestión del espacio: las Áreas Marinas Protegidas (AMP). En Casamance, zonas como el AMP de Abéné o la de Kassa-Balantacounda se han convertido en la punta de lanza de la conservación pesquera. Su éxito descansa en un funcionamiento preciso, que combina ciencia ecológica y gobernanza local.
La zonificación espacial
Un AMP no prohíbe la pesca en todas partes. Su zona íntegramente protegida — el núcleo del área — está estrictamente cerrada a toda extracción y sirve de santuario de reproducción. A su alrededor, una zona de amortiguación permite una pesca rigurosamente regulada (tipos de artes, tamaño de malla, vedas biológicas).
El efecto de desbordamiento
Al convertir la zona central en santuario, los peces se reproducen allí en gran número y crecen. Acaban desbordando de forma natural hacia las zonas de pesca autorizadas: es el llamado efecto spillover, que aumenta los rendimientos globales en torno al AMP.
La cogestión comunitaria
Las AMP se gestionan de forma participativa. Los comités de gestión reúnen a funcionarios del Estado, jefes de aldea, representantes de los pescadores y, cada vez más, representantes de las mujeres transformadoras. Juntos fijan las normas y a veces se encargan de la vigilancia mediante patrullas vecinales.
Hacia una pesca resiliente — y que descubrir con respeto
La supervivencia del sector depende ya de su capacidad de autorregularse. Si bien las Áreas Marinas Protegidas demuestran que biodiversidad y economía local pueden conciliarse, estas iniciativas siguen siendo frágiles: su continuidad dependerá de la firmeza del Estado frente a la pesca industrial ilegal, del acompañamiento a las mujeres transformadoras hacia prácticas sostenibles y de la adhesión constante de las comunidades costeras.
Estos retos se inscriben en el panorama más amplio de la protección ecológica de Casamance. Para el viajero, descubrir estos distintos rostros de la pesca — desde el lance de una atarraya hasta el bullicio de un centro de desembarque, pasando por una salida de pesca deportiva al curricán — ofrece una lectura única de la región. Hemos documentado varios itinerarios para descubrir Casamance que permiten observar estas realidades con el respeto y el acompañamiento que exigen, lejos de los estándares del turismo de masas.